Gustavo Alfaro, DT de Boca Juniors, puso un dibujo táctico de 4-1-4-1 para disputarle el partido al reciente campeón de América y archirrival, River Plate. No obstante, el funcionamiento colectivo de los xeneizes tuvo un punto débil y te lo explicamos a continuación.

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El muñeco Gallardo se percató del vacío en el medio dejado por Alfaro y usó toda la jerarquía de Nacho Fernández para atacar con los interiores. No obstante, para usar esta potente arma de ataque necesitaba abrir la cancha y eso fue lo que hizo. Ampliarla.

No es fácil jugar entre líneas.  Se necesitan dos tipos de jugadores: el que vea o intuya espacios para generar una línea de pase junto con el que interprete ese movimiento o lectura de juego para encontrar ese espacio y habilitarlos.

Son esas dos virtudes que hoy en día muchos equipos del balompié internacional usan para progresar en el campo de juego en materia ofensiva sin considerar el balón dividido ni los duelos individuales.

Fue ese gran acierto usado por River Plate para imponerse por 2-0 ante Boca Juniors  en la semifinal de ida de la Copa Libertadores. Con goles de Rafael Santos Borré y Nacho Fernández, lograron dar la primera estocada para instalarse en la final única que será en nuestro país.

Pese a haber mejoras en el complemento en el cuadro de Gustavo Alfaro, no pudo soportar la intensidad de los Millonarios, quien ya se había adelantado en el marcador con un penal cobrado por el VAR. Los 12 pasos obligaron a Boca a adelantar sus líneas, soltar más a sus volantes y ser menos conservador. Ingredientes perfectos para que el Millo se diera un verdadero festín.

Con el xeneize desesperado, River empezó a encontrar los espacios y llevó el cotejo a su favor. Todas sus piezas cumplieron su labor. Por ejemplo: Javier Pínola y Martínez Quarta pudieron contener a Wanchope Ábila en sus movimientos de ataque o bien Enzo Pérez estuvo soberbio en la recuperación y fluido en el primer pase. Nacho Fernández fue el protagonista.

Fernández y Nicolás De La Cruz se encargaron de lastimar posicionándose a los costados de Iván Marcone. Esos huecos en el 4-1-4-1 de Boca fueron aprovechados por los de Ñuñez. La amplitud de los laterales, Gonzalo Montiel y Milton Casco, liberaron espacios por dentro para que los volantes de River jueguen a placer.

Desde ese punto se asociaron con Matías Suárez y Santos Borré, dos delanteros de intensidad inagotable, que se repartieron bien las zonas y se complementaron con naturalidad a diferentes alturas en el último tercio.

El segundo gol llegó justamente por movimiento interior de Nacho Fernández quien conectó con Suárez en zona de gestación y luego definió dentro del área.

Es cierto que también para ese entonces Alfaro había modificado su esquema con el ingreso de Carlos Tévez. Quiso lastimar a espaldas de Enzo Pérez, pero dicgha decisión quebró el bloque y dio lugar a transiciones más rápidas y peligrosas. Fue una de varias elecciones desacertadas del técnico de Boca.

Los errores de Alfaro

Alfaro puso desde el inicio a Marcone sin compañía —en el partido de la Fecha 5 de la Superliga Argentina fue doble pivote con De Rossi— y se lo vio desprotegido, a Soldano fuera de su hábitat natural, y a Bebelo aislado a la izquierda sin poder entrar en los circuitos. Su creación se basó nuevamente en el juego directo pero no funcionó.

Sobre el final, Boca acumuló delanteros con el objetivo de conseguir un gol a costas de la calidad individual. Pero no había habilitador. Tévez, Wanchope, Mauro Zárate —quien más retrocedía a buscar la pelota— y Eduardo Salvio no tenían herramientas para desequilibrar, más allá de su talento.

En aspectos tácticos, estratégicos, y hasta en lo anímico, River volvió a ser superior a Boca. Sus engranajes emplean un mecanismo flexible, porque los jugadores interpretan un plan global pero también poseen la capacidad de detectar qué es lo mejor en cada momento. En otras palabras, sentir los pasajes del partidos con sus determinados compases. Cuándo acelerar y cuando ralentizar.

Sin duda, el campeón defensor de la Libertadores es un equipo detallista. Y en el fútbol moderno, los detalles ganan partidos.