“La montaña me mantiene despierto. Me mantiene jovial y activo”

Su nombre es Hernán Leal Barrientos. Nació en el pueblito osornino de Rahue y a la fecha se convirtió en el primer latinoamericano en escalar tres de las 14 montañas más altas del mundo. Toda una hazaña para este empresario de 52 años que busca hacia fines del 2019 conectar las 7 cumbres más altas del mundo. Quisimos escuchar con nuestros propios oídos su experiencia e historia en Los Himalayas para luego dar vida a un nuevo Testimonio PD.

Camilo Zavala P. / Antonio González P.

La siguiente historia es un ejemplo de victoria y superación. Hernán Leal Barrientos es reconocido dentro el mundo empresarial por ser el director de la empresa FASTCO. Sin embargo, en los últimos meses su apellido se ha hecho famoso por llevar la bandera chilena a las cumbres más altas y extremas del orbe.

Cuesta entender como el osornino de medio siglo y dos años fue capaz de soportar las altas temperaturas y la altura para llevar nuevamente la bandera chilena a montañas peligrosísimas como son el Everest, el Lhotse y el Cho Oyu.

“Es habitual que uno se autoconvenza de que hay factores externos y ajenos a nuestra voluntad que obstaculizan hacer realidad un deseo, cuando en realidad no queremos reconocer que lo que nos detiene está dentro de nosotros mismos: el miedo”, cuenta en su libro Las Montañas que llevamos dentro que ya está a la venta en Librerías Antárticas.

Con una prótesis en una de sus cuerdas vocales, Leal se entrenó bajo los órdenes del montañista Ernesto Olivares. Junto a él, estuvo cinco años entrenando su físico, ganando fuerza y aumentando su capacidad respiratoria en la altura. Aspectos muy necesarios para no fracasar en el Techo del Mundo.

El diploma.

Tuvimos el privilegio de visitar su oficina ubicada en Providencia. Nos mostró sus diplomas que acreditan sus cumbres y nos contó algunos secretos de esta gran hazaña de superación donde también compartió con la gran leyenda del rally cross country Carlo de Gavardo.

Lo que verás a continuación es la transformación de un hombre sedentario a un atleta. Algo que pocas veces se ve en el deporte.

Comienza un nuevo Testimonio PD.

Si te tuvieras que presentar ante nuestros lectores, ¿cómo te presentarías?

“Me presentaría como un hombre de negocios. Soy de profesión ingeniero comercial pero además tengo un MBA. Después, tengo otro posgrado en Dirección y gestión de negocios en Harvard. Los negocios siempre me apasionaron de pequeño. Siempre fui malo para los deportes desde chico. Vine a empezar a hacer deporte cuando empecé a trabajar. Uno cuando está en la Universidad se mueve harto. En el ámbito mío, donde uno pasa sentado durante horas, adquiere un hábito muy sedentario, empecé a necesitar hacer deporte. Hoy después de casi 20 años, aparte de ser empresario, me declaro deportista. Me encanta enseñar también. De hecho, hice clases. Soy tan exigente que no me sentí cómodo con ellos. Los vi pasándola muy mal. Entonces preferí abordar el lado de la docencia a través de las charlas. Son más motivacionales. Me gusta enseñar lo que he aprendido porque he estado mucho tiempo aprendiendo. En resumen, me declaro un hombre de negocios, un deportista, un mentor y un coach”.

Cuando decides cortar esta vida sedentaria y de mucho trabajo para enfocarte al deporte; ¿por dónde partes? Una persona que no hace deporte a menudo, le duelen los músculos y se desmotiva muy rápido. ¿A qué te aferraste? ¿Cuál fue el punto de partida?

“Me acuerdo un día de mis primeros años de trabajo. Recién egresado de la universidad. Allí un amigo me invitó a jugar tenis. Él era mejor que yo. Como al partido número 5 ya me terminé aburriendo porque me ganaba siempre. Él me ganaba todas y me hacía correr más de la cuenta. Por ende, el tenis duró casi tres meses. Físicamente, el tenis es muy demandante. Para él era un paleteo y para mí un verdadero sufrimiento. Así que tiré la raqueta. Luego me metí a un gimnasio con un amigo para ganar estado físico. Estuve como un año ejercitándome, pero sin ningún propósito u objetivo. Fue así cuando un amigo me invitó a andar en moto enduro. En Chile se hace de forma amateur. Entonces me tiré con la moto. El problema es que en ese grupo, para desgracia mía estaba nada menos que Carlo de Gavardo. Salíamos en grupo y Carlo nos sacaba una hora. Mi amigo otra media hora. Al final la terminé pasando mal porque pasaba por zonas muy peligrosas y tuve un accidente. Salí sólo al Santuario de la Naturaleza. Cuando venía bajando me creía un mini Cóndor de Huelquen. Los caminos son muy angostos en ese sector. En ese intertanto, la moto toca una piedra y yo salgo disparado de la moto. Por suerte andaba con todo el equipo y protecciones. Caí de espaldas en la tierra. Yo pensé que me había quebrado entero. Por suerte no me pasó nada, pero ahí dije que esta cuestión no es para mí. No encontré nunca un grupo de mi nivel. O eran demasiado pro o demasiados principiantes. Allí empecé a trabajar en una empresa gringa. Los gringos son fanáticos del golf. Ellos me invitaron a un torneo y por supuesto que jugué. Lo encontré entretenido. Comencé a prepararme más y meterme más. El golf requiere de mucha destreza mental más que física. Me empecé a enviciar. Jugué algunos torneos amateurs. Incluso representé a Chile en unos torneos en Inglaterra y México. Me gustó mucho, pero me faltaba el tema físico. En un viaje que hice a Nepal, una de las cosas que hice fue hacer un trekking. Cuando llegué a los 3200 metros a las cuatro de la mañana, de repente empieza a amanecer. En esta penumbra empieza a aparecer una montaña gigantesca. Mi guía me dice que era el Dhaulagiri. Lo primero que se me vino a la cabeza: “hay que estar enfermo de la cabeza para subir ese cerro”. Mi sherpa me dijo que para subir ese cerro, había que subir por lo menos el Everest antes ya que era más difícil. Este año estuve a punto de ir a escalar el Dhaulagiri. Es uno de los ocho miles menos escalados y que más avalanchas tiene. Tiene partes muy técnicas y empinadas. No hay cuerdas fijas. Lo traté de subir y desgraciadamente el clima no me dio. Ese ha sido mi gran paso: subir el Cerro Provincia (2750 metros) hasta subir el Everest, Lhotse y Cho Oyu. Ha sido una escalera bien rápida donde terminé mi 7 Summit. He podido subir varios 6 miles. Tengo 10 seis miles en el cuerpo, entrenando para el Himalaya”.

Nos contaste que en tu viaje a Nepal nace tu amor por el montañismo. ¿En qué momento te decides por escalar el Everest, el Lhotse y el Cho Oyu?

“Fue allí mismo. Cuando mis guías me dicen que tenía que subir el Everest para subir el Dhaulagiri. A la semana después me tome un vuelo donde te llevan a conocer el Everest desde arriba. Allí lo vi menos difícil que el otro. Cuando regreso a Chile, lo primero que hago es llamar a Kiko Guzmán. Al otro día nos juntamos en mi oficina y me pregunta qué cerros he subido. Le dije que subí el Ghore Pani en Nepal que tiene 3200 metros. Después de eso me pregunta: “¿Tu cachai que el Everest tiene 8800 metros y es casi tres veces el Ghore Pani?. Ningún problema que lo quieras subir, pero hagamos un plan. No lo puedes subir el otro año. Empieza a subir cuatro miles, cinco miles y seis miles”, me recomendó. Fue así como me contactó con Ernesto Olivares. Al otro sábado de esa semana, fui con Ernesto al Cerro Pintor (4220 m). Fui con mi mujer y mis dos hijos. Fue una mala idea porque ellos la sufrieron mucho, para ser su primer cerro. No habían subido ni el Santa Lucía y los hice subir el Pintor. Para mí se me hizo fácil. Cuando ya superé los 4000 no me paso nada. “Puede que estés hecho para la montaña”, me dice Ernesto. Después de eso empezamos a hacer un plan donde me demoré cuatro años hasta llegar al Everest. Me entrené subiendo varios cinco miles y seis miles junto con harta hipoxia. Todo esto para llegar al Everest lo más preparado posible. Las expediciones son largas y costosas. Por lo tanto, la idea era llegar lo más entrenado posible. Si fallas en el Everest, el tiempo y el costo es altísimo. Mucha gente si falla, ya no vuelve a ir. Si logran volver, son cinco o incluso diez años después. Ya que hay que hacer todo el proceso de entrenamiento de nuevo para que trates de ir lo más a la segura posible. Imagínate que sólo el permiso para subir al Everest vale 11.000 dólares. Aquí en Chile, la entrada al cerro Provincia vale dos mil pesos chilenos (3 dólares). No es ningún chiste ir y fallar. Fallan dos tercios de los que suben porque muchos lo hacen a la ligera. Ernesto me decía que teníamos que lograr la cumbre en un intento y nos preparamos mucho tiempo con ese objetivo en mente”.

¿Cómo fue toda esa preparación de cinco años? ¿En qué consistió?

“Son varias cosas. Una de ellas fue mucho gimnasio. Allí se mezcla fuerza en las piernas, brazos y caderas. El 50 % de la preparación fue en las piernas. Un 25 % en las caderas y el otro 25% son los brazos. Lo otro que trabajamos fue la resistencia. Esto es de muchas horas. Un día de cumbre en el Aconcagua o en el Vinson en la Antártica puede ser entre 12 a 15 horas ida y vuelta. Tienes que estar totalmente entrenado para volver y volver bien”.

Esa resistencia, ¿Cómo se entrena? ¿Subiendo cerros, corriendo, nadando?

“Se entrena de distintas maneras. En el gimnasio, haciendo muchas repeticiones. La estocada búlgara es uno de los ejercicios que tuve que hacer muchas veces con harto peso. Yo para concentrarme en las escaladas empiezo a contar. Cuando me empiezo a cansar, cuento mis pasos y las brazadas. He llegado a más de 1000. Escalando hacia arriba son fácil más de dos mil. La parte aeróbica es fundamental. Eso lo gané subiendo el Provincia y otros cerros como los Altos del Naranjo. De repente subo el Pintor unas cuatro o cinco veces antes de ir a la expedición. Busco entrenar in situ ya que en el gimnasio, no hay rocas, no hay frío, no hay falta de oxígeno ni cambios de presión. Todo eso lo consigues en un cerro de verdad. También hago hipoxia donde me resto oxígeno para poder simular cargas y resistencias en ambientes sin oxígeno. De hecho, me fanaticé tanto que me compré una carpa hipóxica y antes de ir a una expedición, duermo de dos a tres semanas antes a unos 6000 o 7000 metros de altitud en mi carpa acá en Santiago. Te ayuda a llegar aclimatado. Yo tuve hace unos años atrás una parálisis en la cuerda vocal derecha, me tuve que poner un implante en la cuerda mala que es de gore-tex. El gore-tex se pone en la traquea y empuja la cuerda vocal mala. Pero te la achica. Entonces, mi toma de aire es menor que el resto de las personas normales. Un 20% menos. Cuando arriba hay menos oxígenos, necesitas meterle más aire para poder captar ese poco oxígeno que hay. Mi doctor me dijo que si subía cerros, tenía que hacer mucha hipoxia para poder inhalar el máximo de oxígeno y tratar de agrandar mis pulmones.

Sigamos con toda esta preparación. Una vez que pasan los cuatro años de entrenamiento y llega el momento que te vas al Everest. ¿Qué pasa allí? ¿Qué pasa en ese momento cuando vas entrando al Himalaya y comienzas a ver la escalera a las grandes montañas? ¿Qué pasa en todo ese momento?

“La primera vez que fuimos con Ernesto Olivares que era mi entrenador, decidimos ir por el Tíbet. Tíbet no tiene avalanchas. Sí habíamos escuchado que era una ruta físicamente más pesada. Tiene más escalada, tiene pasos más verticales y angostos. Está más expuesto al viento, por lo tanto hace más frío. Entonces llegamos a la conclusión de que si ese era el escenario teníamos que entrenar físicamente mucho más duro. Mi doctor me recomendó que llevase más oxígeno que el resto por el tema de mi tráquea pequeña. Hablé con las personas pertinentes y me pusieron 7 tanques de oxígeno más. Empezamos a escalar y como hice mucha hipoxia traté de usar el oxígeno lo más arriba posible. Campo 1 y Campo 2. Entre los 7300 – 7400 msnm empecé a usar oxígeno. A los 7100 no teníamos nada. Incluso en las noches, roncábamos. Ningún problema. A la mitad del campo 1 y 2 empezamos a usar oxígeno para no arriesgar la expedición. Los sherpas también lo hacían. A 7800 sólo usaba oxígeno en las noches para dormir. Durante el día nada. Cuando ya nos lanzamos a la cumbre desde el Campo 3 (8300 msnm), llegamos a 8500 y Ernesto me dice: “Partner, no siento mi pie derecho. Me estoy congelando”. Allí se nos presentaron dos opciones. O bajábamos todos y se acaba la expedición, o bien, Ernesto bajaba y yo seguía con un sherpa. Cada uno llevaba un sherpa”.

El peligro latente era que Ernesto perdiese el pie.

“Claro. Siempre pensamos con Ernesto que teníamos que ir con 2 sherpas por si pasaba algo. Si íbamos con uno y le pasaba algo a uno de los dos, quedábamos solos. Yo siempre pensé que el que se iba a bajar era yo, no él. Ernesto había subido dos veces el Everest. Cuando me dice me devuelvo, me preguntó cómo me sentía. Yo me sentía súper bien. Cuento corto: me fui con Sonem (su sherpa) porque me sentía súper bien. El tema es que el sherpa que llevaba todo el oxígeno extra era el que bajó con Ernesto. Cuando llegamos a 8600 que es el filo del cerro, Sonem me dice: “Hernán hay un problema. Mi hermano se llevó el oxígeno. ¿Qué hacemos?”. Llevábamos una botella cada uno para subir y volver a medias. Todo esto en inglés de sherpa. Yo le dije: “vamos nomás”, cara de palo”.

Cuando pasa todo este episodio desde el Campamento 3 hacia arriba, ¿sentiste alguna vez miedo?

“Varias veces. Sentí miedo en el Step 1. El Step 1 es una roca donde en algunas partes cabe sólo tu pie. Debajo de esto hay un precipicio. Obviamente vas enganchado, pero si te llegas a caer es pura roca muy filuda y te rajas entero. Probablemente te cortabas y hasta ahí llegó la expedición. En el segundo step, cuando uno va a llegar a la escalera china hay un muerto boca abajo al lado de la ruta. Siempre me habían hablado del hombre de botas verdes que está en el lado nepalés. Pero yo no había visto el muerto aquí. Estaba absolutamente boca abajo y todo quebrado. Se nota que se cayó de la escalera que es la que tienes que subir. Tu ves una escalera que es como de treinta peldaños que está pegada a la roca y abajo hay un tipo muerto. Te da más miedo que la cresta. Yo pensaba que la escalera era fácil pero está pegada a la roca. No tienes espacio para agarrarte mucho. Entonces tenía con la punta de los crampones, pisar los peldaños y con mis guantes, tratar de agarrarme lo más posible. La tercera vez que me dio miedo en ese cerro fue cuando ya faltaba poco para la cumbre. Allí hay una ladera de rocas que tienen una pendiente de 30°. Vas con los crampones y estos se fijan en el hielo. No en la roca. Tu vas caminando y los crampones se corrían. Abajo habían mil metros de caída. Cuando sales de ahí, se acaba el miedo. Hay un momento donde pasas dos colinas y al fondo se ven unas banderas tibetanas. Es la cumbre. Allí me largué a llorar. Venía muerto y al ver las banderas no la podía creer. Me quedaban una subida, una bajada y la cumbre. Fui yo primero y llegué sólo a la cumbre. No había nadie ese día escalando. Por el lado nepalés subieron 6 personas. Nosotros estábamos solos. Es la misma cumbre. El lado tibetano es mucho más chico. Caben 3-4 personas. En el lado nepalés yo he visto 30 personas”.

¿Y qué sentiste cuando hiciste cumbre?

“Es una emoción muy especial. En ese momento no había nadie. Cuando fui de nuevo, habían 20 personas dentro de la cumbre. No había mucha mística. Sonem me dijo: “Anda, es tu cumbre”. Cuando llegas allá arriba y empiezas a mirar donde estás, es increíble. Se nota que es la cima del mundo. No hay nada más. El día estaba muy bonito. Hacía un frío espantoso. Habían 40° o 42° bajo cero. No me pude sacar los guantes ni la máscara. Si me la sacaba perdía la nariz por el frío que había”.

¿Cuánto tiempo estuviste en la cima?

“Media hora. Es lo normal estar entre media y una hora. A Sonem no le gusta estar mucho rato arriba. A él le gusta estar 30 minutos y volver. No es el lugar ideal para pasear. Es un tema de timing. A las cuatro de la tarde, estaba pronosticado mal tiempo. Entonces teníamos que volver rápido para que no nos pillase bajando. De hecho, cuando llegamos al Campo 3, a la hora estábamos descansando. Yo me senté, me saqué los guantes, llamé a mi casa y a la oficina por teléfono satelital. Estaba a 8300 metros que era como estar en el cerro Manquehue después de haber estado a 8800. Después de eso, se pone a nevar y todo el cielo se pone negro. En ese momento se acaba el descanso porque si te quedas, te puedes congelar. Empezamos a bajar sin oxígeno al campo 2. Eso fue super duro. Lo pude hacer. Cuando me devuelvo, Ernesto tuvo que quedarse en una clínica en Katmandú. No pude celebrar nada. Cuando iba en el avión de vuelta a Chile decidí volver. Por eso volví este año. Y para agregarle más complejidad lo hice por el lado nepalés y lo hice haciendo el Lhotse. Hice las dos cumbres en una misma expedición”.

 

¿Cuánto hubo de diferencia entre un cerro y otro?

“Sólo horas. Bajamos al Campo 4 del Everest que está a ocho mil. Descansamos menos de un día y me fui al Lhotse. El campo 4 del Lhotse, está bien cerca. Llegamos al campamento, dejamos las cosas que usamos al Everest y nos fuimos a la cumbre. Esa cumbre si que es chica. Con suerte puedes estar sentado, pero es espectacular. Es impactante también porque a 10 metros de la cumbre hay una persona que está muerta. La dejaron sentada mirando hacia el cielo. Tu tienes que pasar por al lado de él. Está en la parte más difícil y vertical del cerro”.

¿Por qué dejan a los muertos allí? ¿Para que se congelen? ¿Se los encomiendan a Los Himalayas? Cuéntanos.

“En estas expediciones hay que ser bien práctico. En los Himalayas, las personas se mueren porque tienen pocos recursos, porque los familiares no tienen cómo rescatarlos o porque quedaron en lugares inaccesibles. En el lado tibetano, hay lugares que con toda la plata no pueden rescatarlos. Los cuerpos congelados pesan mucho más”.

Desde el punto de vista físico, cuando bajas del Everest y te pasas al Lhotse. ¿Cómo estaba tu cuerpo?

“Miren, logré recuperarme bien porque me entrené para dos cerros. Mi entrenamiento físico fue para subir dos cerros. A veces entrenaba duro; subía el Pintor, descansaba y después lo volvía a subir. En el gimnasio entrenaba doble jornada. Mañana y tarde. Llegué a entrenar entre cinco horas diarias para estar con la fuerza y resistencia suficiente junto con poder recuperarme super bien. De hecho, mi doctor me medía mucho la capacidad de recuperación. Yo después de un apaleo (subir un cerro), necesito doce horas para recuperarme. Ojalá en esas doce horas poder dormir, tomar agua y comer lo que se pueda. Con una 8-­9 horas de sueño, el cuerpo se logra recuperar. Por lo menos en mi caso, después de subir un cerro, a las doce horas estoy tiki taka. Cuando bajé el Cho Oyu, al día ya estaba impecable para volver a subir otro cerro”.

¿Por qué haces todo esto? ¿ Qué es lo que te llena o apasiona para subir tantos cerros y desafiar el límite vertical en cumbres tan altas? Una persona normal sube el San Cristobal o el Manquehue y ya no quiere más guerra. O bien, sube el Everest una vez pero no dos veces.

“Lo mío es el desafío. Soy una persona que necesita desafíos. En la montaña he encontrado un desafío muy bonito que se complementa con mi lado empresarial. La montaña tiene mucho de empresario. Tu tienes que armar expediciones, tienes que saber llevar lo justo. No puedes llevar ni más ni menos. Tienes que rodearte de super buena gente. Si te rodeas de gente incorrecta, tu expedición no va. Tienes también que aprender a manejar el miedo. El miedo está. Es como en los negocios. En los negocios todos los días puedes fracasar. Tiene que haber un miedo natural pero hay que saberlo controlar y usar a tu favor. Entonces, la montaña me mantiene despierto. Me mantiene jovial y activo. Hoy me encuentro como un tipo de 30 en un cuerpo de alguien de 50. De hecho, me ha tocado escalar con muchas personas de 30 porque los de 50, no somos muchos. Tampoco somos muchos escalando ocho miles. Se necesita tiempo y plata. Un cabro de treinta quizás tiene más tiempo, pero no tanta plata. Los 50 quizás tienen más plata en promedio, pero tienen menos tiempo. Entonces, conseguir el equilibrio entre tiempo, plata y entrenamiento. No es fácil. Me gusta compartir con los montañistas de 30 que son casi profesionales”.

¿Qué es lo que viene? ¿Cuáles son tus próximos desafíos en el ámbito deportivo?

“Me fijé un desafío bien bonito que es hacer las 7 cumbres más altas de cada continente más los dos polos. De hecho, ya los terminé. Soy el séptimo chileno en hacer las 7 SUMMIT. Ahora quiero hacer las reales 7 summit que son las 7 cumbres más altas del mundo. De ellas, están el Everest que ya lo hice, el K2, Kanchenjunga, Makalu, Lhotse, Cho Oyu, Dhaulagiri. Mi próximo desafío sería hacer el Kanchenjunga y Makalu porque quiero hacer las siete más altas del mundo”.

Fuiste a la Antártica y al Polo Norte también. ¿Qué tan impactante es el Calentamiento Global?

“Se nota y bastante. No puedo comparar, pero los guías con los que he trabajado me cuentan. En Alaska se nota que hay mayor derretimiento. En el Everest igual. Hay mucho cerro donde los glaciares han retrocedido. Donde yo estuve en la Antártida, no hay nisiquiera una roca. Es puro hielo. Son hielos eternos. Por ejemplo, en el Kilimanjaro he escuchado que glaciares que hay en la cumbre cada año van retrocediendo. Hay un tema que es real y es el Calentamiento Global. Eso está afectando a las montañas”.

¿Cuál es tu análisis del montañismo chileno?

“Yo creo que hay ganas de subir montañas altas. En el Cho Oyu me encontré con otra expedición chilena que es la de Ignacio Cueto de LATAM. De hecho, cuando nos encontramos, nos abrazamos. Es bien bonito estar ahí. Entiendo que Ernesto Olivares quiere ir al Cho Oyu el próximo año. Hay muchos más chilenos atreviéndose a ir a los ocho miles. Y nosotros que tenemos un escenario espectacular. Yo he visto holandeses, hondureños, costarricenses escalando. Nadie de ellos tiene montañas. En Chile tenemos de cerros de varios de miles de metros. Casi siete miles, tres o cuatro. El Ojos del Salado, el tres cruces, etc. Hay varios cinco y seis miles que son técnicos. Entonces tenemos un escenario ideal. Somos un país que se está desarrollando cada vez más y por ende tenemos cada vez más acceso a recursos. Eso se nota. Se ven más personas haciendo montañas. Se está moviendo el tema del montañismo. Creo que hay una competencia que es absurda. La montaña no es para competir. Es muy difícil competir. Una competencia real sería que los dos partamos el mismo día desde el campo base con las mismas condiciones y mismos recursos. Eso es absurdo. Es un fenómeno mundial que para mi gusto no es válida porque depende de muchos factores. Depende de tu estrategia, del tiempo, de tu edad, depende de muchas cosas. Yo tengo 52 años tengo un montón de problemas médicos y partí hace siete años haciendo montañismo, entonces es absurdo competir. La montaña es para disfrutar o desafiar pero no para competir. Me cuesta equilibrar eso. En la montaña no hay comparación. Yo lo que les pediría a mis amigos montañistas chilenos es que dejen de competir. No vale la pena. Lo hay que hacer es disfrutar de la montaña. El desafío es personal y lo bonito de representar a Chile. No somos tantos los que suben el cerro. Yo ando en todos lados con mi bandera chilena. He visto rusos, japoneses e italianos que van con su bandera y se sienten muy orgullosos”.

Ping Pong PD

Un libro: Las montañas que llevamos dentro. Es mi libro que acabo de lanzar.

Una película: “La lista de Schindler. Es una película donde muestra a un hombre que a pensar de que pensaba diferente a pesar de estar en plena guerra, ayudó a salvar judíos siendo un nazi, vendiendo armas que ni siquiera servían, ganando plata y pasándola bien. Para mí, ese es un ejemplo de ser empresario”.

Una forma de vida: “Hacer deporte. El deporte es fundamental para tener una vida sana”.

Comida favorita: “Me gusta mucho la entraña con papas fritas”

Lugar soñado de vacaciones: “Las Maldivas”

Ser feliz o ser leyenda: “Ser feliz. De todas maneras. La vida es una sola y el ser leyenda es una vida que yo no viviría porque para mí más que ser leyenda me gustaría dejar un legado. Qué ejemplo le quiero dejar a la gente que me rodea. Más que un altar para venerarme prefiero más importante ser una persona que hace las cosas pensando sólo hacer bien para hacer feliz a los demás”.